Cómo mola tener un netbook. O un portátil.

Es que es un punto. Te lo llevas a donde quieras: a la butaca, al sofá, a la terraza, al bar de abajo aprovechando que tienen wifi, a la cama (cuando estás solo, claro, que si no con los revolcones se puede romper), al baño (también al baño, sí, qué pasa)… hasta en la cocina he visto cosas que no creeríais: más allá de Orión hay amas de casa que leen las recetas directamente de internet en el portátil, y rayos C brillan en la oscuridad ¡por éstas que no miento!

Y es que lo usamos para todo. Para enseñarle las fotos de la boda a la Tía Paqui, para vacilarle al vecino, para apoyar la bandeja del desayuno y no manchar la mesa, para ver el feisbuq y el tuiter y el yutuf, para ver series, pelis, para leer el blog de latiendawapa… para todo, vamos.

Y lo quieres tanto que lo acunas, lo besas, y le pides perdón cuando se te derrama el café en el teclado. Y si se te bloquea y le amenazas con tirarlo por la ventana (hasta para eso es cómodo) luego todo se lo perdonas, porque, como decía Amaral, “sin tí no soy nada”.

Un momento. ¿He dicho todo? ¡No! Hay una cosa que no le podemos perdonar: que nos achicharre las rodillas. Que no, que se pasa mucho calor. De verdad. Y luego te da una tendinitis y te lesionas. Y además, teniendo estas bandejas para portátil  que tenemos, con fondo blando adaptable a las piernas, con ese diseño tan bonito, con el hueco para el vaso, su luz con leds incorporada… no. Eso no se lo perdono.

Ya conoces el mandamiento: “Usarás netbook; pero con bandeja”. Dicho queda.