-¡Mánchame!
-¿Einn? ¡Quien habla?
-¡Quién va a ser! El cojín.
-¡Dios santo! Es que nunca había visto un cojín que habla.
-Ya. Todo el mundo me dice lo mismo. Será porque los demás cojines no tienen nada que decir. Pero yo sí. Como, por ejemplo, que me manches.
-¿Mande?
-¡Ay, qué paciencia! Que hay que explicarlo todo. ¡Que me manches he dicho! ¿No ves que además de cómodo, colorido y bonito, soy antimanchas? ¿Que tengo esta tela lustrosa, brillante y gordita especialmente preparada para que no se agarre la suciedad?
-Ya veo, ya veo…
-Y en caso de mancha, le pasas un pañito húmedo, y como nuevo. Mánchame, tonto…
-Huy, esas confianzas… No sé qué decirte. Es que hasta ahora yo usaba los cojines para sentarme en ellos, no para conversar.
-Pues hazme caso, chato. Lo que yo te diga. ¿Sabes? Creo que este es el principio de una gran amistad…