¡Shhhhhhhhhh…! ¡Silencio! Meditemos.

Mmmmmm… mmmmmmm… mmmmmmmmmmmm…
mmmmmmmm… mmmmmmmmm… mmmmmmmm…

Mmmmmmmmmmm… mmmmmmmmmmmm… mmmmmmmmmm… mmmzzzzzz… mzzzzzzzz… zzzzzzzzzzz… zzzzzzzzzzzzzzzzzzz…

Zzzzzzzzzzz… zzzzzzzzzzzzzzz… zzzzzzzzz… zzzzz… zzz… zz… z… z… z z z… … … … ¡plop!

¡Vaya! Ya despertamos. Perdonar, pero  de tanto meditar nos ha entrado el amodorre.

Es lo que pasa cuando uno está en paz, silencioso, meditabundo, relajado, en la posición del loto y dejando que la paz universal le entre por las puntas de los dedos. Se pone uno a punto de alcanzar el Nirvana (el grupo de rock no; el Nirvana de verdad) y claro, en momentos como ese uno sólo puede decir:

-Mmmmmmmmmm… mmmmmmmmm… mmmmmmmmmmm…

De vez en cuando, claro, hay que hacer un alto para observar por el rabillo del ojo nuestro jardincito Zen que, pequeñito como es, ¡ojo! es capaz de encerrar en su seno toda la energía meditativa del universo. ¡Toda, toda! Así como un Big Bang, pero en meditación. Que lo sepas, que no es cosa de que haya accidentes.

Ya lo ves: no tienes excusa para no Zenificarte.