Pues claro, hombre. Si es de cajón. ¿Te imaginas unos ladrones llegando a tu casa, y hablando así?

– ¡Oh, mira! Crimen y Castigo de Dostoievski. ¡Cuán subyugante es la dicotomía existencial de Raskolnikov, y su debate, universal como la existencia misma, entre el resquemor de su alma atormentada y su pavor al presidio carnal!
– Ciertamente, compañero ladrón, y aun diría más: fíjate que magnífica edición de Hamlet. Ya estoy oyendo los sabios consejos de Polonio a Laertes y las acusaciones del Príncipe de Dinamarca a su tío el Rey Claudio. ¡Oh! Ser o no ser; robar o no robar; he ahí el dilema.

Pues no. Los ladrones no hablan así, y van a lo que van: a robar. Además, llevan un pasamontañas, la cabeza rapada, una cicatriz en la mejilla y cara de mala baba, que lo he visto yo en los tebeos. En serio. Nunca les he visto decir:

– Oye, vete tú si eso cogiendo las joyas, que yo mientras voy a echarle una mirada al diccionario etimológico.

Por que en ese caso sus compinches le iban a meter la etimología por el sitio aquél que estás pensando y que está tan feo de nombrar.

Por eso son tan útiles estos libros-cajas fuertes que os presentamos. Porque el último rincón en que buscaría un caco es en la biblioteca, que ven un libro y salen corriendo.

Como ves, el aspecto de libro está fenomenalmente conseguido, pero no te dejes engañar: dentro va una caja fuerte de verdad, de metal, con su llave y todo. De ahí lo de libro-caja-fuerte. Elemental, ¿no?

Ahí te caben todas las joyas, la colección de billetes de 500 euros y hasta el autógrafo de Messi que vas a subastar en e-bay. A prueba de cacos.

Ya lo sabes: sólo en 100×100