Los relojes de estación son un complemento decorativo que está últimamente de moda.

¿Por qué? No lo sé.

Supongo que porque al contemplarlos uno puede sentir la insoportable levedad del tiempo, y transportarse al Londres victoriano, e imaginar que va camino de la estación de Charing Cross, atravesando los neblinosos callejones que pisó Moll Flanders,  esquivando a émulos de Oliver Twist, y teniendo cuidado con no cruzarse con Mr. Hide, mientras presiente la fugaz y huidiza sombra de Jack el Destripador, para doblar después por Baker Street, donde Sherlock nunca dijo “elemental, mi querido Watson”, y entrar en la estación para tomar un tren para el Continente, de aquellos que echaban humo y hacían ruido, rumbo a Dover, para a continuación pasar a Calais y de ahí  a París para tomar el Orient Express, en el cual se iba a cometer un misterioso asesinato, y atravesar Europa, y los Cárpatos, y la Transilvania, a la siniestra sombra del castillo de Drácula, para adentrarse luego en el Oriente infinito y misterioso, y explorar las llanuras de Samarkanda, donde Sean Connery pudo reinar, y… y…

¿Lo véis por qué están de moda? Y luego me acusan de divagar. Lo que yo te diga.