-Hace frío, ¿no?
-¿Hace? Hacía, hijo mío, hacía. En cuanto le ví asomar la oreja, agarré de manta, y nada más verla, le dio tal espanto que allá se fue el condenado frío con el rabo entre las piernas, directo al infierno. Creo que de tanto correr le dió un calentón que no le conoce ni su padre.
-Ya, claro, es que un frío con calentón, de verdad, no es frío ni nada.
-Lo que yo te diga. Si es que se ha perdido todo. Ni el frío de ahora enfría.
-Será por los recortes.
-Ni recortes ni nada, que no te enteras. Es por las mantas de Otracosa, que, míralas, qué estampados tan bonitos, tan escoceses, tan alegres… y tócalas, tócalas, mira que tacto tan suave, acogedor, mimoso, que dan ganas de aberroncharse contra el sofá y quedarse así hasta que pase la crisis…
-¡Hasta que pase la crisis…! ¿Tanto tiempo?
-Y el que haga falta, hijo. Yo me quedo debajo de la manta hasta que las ranas críen pelo. He dicho.
-Ya. ¿Y en dónde dices que las compraste?
-Si cuando yo digo que no te enteras…