El aire se corta espeso. El humo asciende en volutas queriendo ser testigo de la refriega. Los jugadores se lanzan miradas de soslayo (¿qué rayos querrá decir soslayo?). El primero coge las cartas en la mano, se las acerca a la cara y las separa milímetro a milímetro para ver su juego. Un relámpago de brillo en los ojos, un imperceptible parpadeo le delata.

Entonces levanta la comisura del labio, mira firme a la concurrencia y, poniendo sonrisa de ganador, dice: “los veo, y 100 más”. Un instante de escalofrío recorre la habitación.

Hasta la luz de la lámpara oscila, como queriendo acompañar la tensión del momento. Uno traga saliva, otro se rasca el pómulo, y el cuarto mueve los dedos, nervioso, mirando sus cartas por décima vez, como si su mirada tuviera el poder de cambiar el juego. El segundo habla. Vuelve a tragar saliva, se ajusta el cuello de la camisa, y dice:

-Bueno, los veo. ¡Total son servilletas!

¡Vaya! Nos han chafado toda la emoción. En fin. Cosas que pasan.

Para que cuando montes una timba no te quedes sin el atrezzo necesario, te proponemos estos ceniceros de póker, estas servilletas para apostar hasta hacer saltar la banca, y estos otros ceniceros para llenar hasta arriba, que te echarán una mano… literalmente.