Seguro que tienes en tu casa algún rincón de esos medio tonto. (Bueno, que no se ofenda el rinconcito: lo de tonto es una forma cariñosa de hablar).

Un rincón de esos que está en medio de ninguna parte; que es la suma de restas, la resta de subconjuntos, la nada en el todo, la confluencia de vórtices estelares, el punto ciego de nuestra visión, el ápice de las tangentes y el epítome de las fuerzas telúricas.

O sea, lo normal.

Lo que quien más quien menos tiene en su casa. Bueno. Pues a lo que iba. ¿Sufrías porque esos rincones estaban vacíos, desnudos y desangelados? ¿Escuchabas siniestros aullidos y ráfagas desoladoras al pasar por su lado?

¡Ya no! Ahora con estas alfombras-flor podrás llenarlos de luz, color y alegría, y cuando vuelvas a pasar por allí no escucharás más que un coro de arcángeles tocando el arpa. Palabra.

De hecho, se las vamos a ofrecer al Parlamento Europeo, a ver si entre recortes y subidas del Iva se les alegran las caras un poco, que falta les hace. Pero me parece que ni con esas…