—Cariño, verás… no te alteres, pero, estooo… ehhh… he tenido un desliz.
—¿Ves? ¡Lo sabía! Ya me daba a mí que aquella chica, la de la oficina, te hacía ojitos. Y yo, tonta que soy, diciendo, “que no, Paqui, que no, no seas mala. No desconfíes, que al fin y al cabo sólo son compañeros de trabajo”. Ahora entiendo aquello de “cariño, hoy como en la oficina que tengo que revisar unos informes”. O lo de “hoy llego tarde que viene el Jefe de Zona”. Ya. Jefe de Zona. Y un cuerno. Mejor dicho, dos cuernos: los que me pones. Ya me lo decía mi madre: “Paqui, Paco es muy majo, pero, no sé… algo le veo”.
Pues que sepas que no eres el único que tiene deslices. Hala, ya lo he dicho. ¿Te acuerdas del chico aquél del taller? ¿El que nos hizo descuento en la reparación del coche? Pues eso. Que lo sepas.
—Ehhh… cariño, yo sólo te quería decir que había tenido un desliz en la bañera y que casi me rompo la cabeza, y que ahora que he colocado estos antideslizantes de latiendawapa ya no resbalo.
—¡Ah…! Glubs… einnnnsss…  je, je, ay, que gracia… me parto… Estoooo… cari ¿no te habrás creído lo del chico del taller, no?

Ya lo veis. Un desliz lo tiene cualquiera. Para que no os pase como a Paqui y Paco, nada mejor que evitar los deslices desde el principio. Y con los antideslizantes de latiendawapa no resbalarás en la bañera. En otras cosas, ya no nos metemos.