Algunas cosas que pueden pasar si cambias de felpudo sin avisar.

 

—Hola, hijo. ¿Vienes a comer?
—Hola, Mamá. Ehhh… estoooo… pues sí, la verdad es que sí. Mamá… ¿no me querrás decir algo subliminal, no?
—De subliminal nada, hijo. Ahí tienes la tarifa. Y eso que no te he aplicado la subida del IVA.
—¿Y no me vas a hacer descuento?
—¡Ay, qué hijos estos! Está bien. Por ser tú tienes descuento del 100% de por vida. ¡Pero no te acostumbres!

—¡Hola, Juan, hola Pepi! Muá, muá. Pasar. Qué alegría veros. Cuánto tiempo sin venir a cenar. Dejar los abrigos aquí, al lado del aparador.
—¡Gracias! Oye, qué bonita tenéis la casa. Mirad, hemos traído un postre.
—¡Estupendo! Ehhh… por cierto, ya si eso, nos pagáis ahora, que luego con las risas y tal nos olvidamos. ¡Ah! Y solo efectivo, por favor, que Visa no cogemos. El postre os lo descontamos y al café invita la casa. Son treinta y cinco eurillos.
—…

“Mmmm… a ver… las llaves, la cartera, las llaves del coche, de la oficina, el teléfono… ¡rayos, el teléfono! ¿Dónde lo dejé? A ver… la última vez que lo ví fue cuando me senté encima de él… no. Fue cuando le hice las fotos a la vecinita… no, tampoco. ¿No fue cuando el niño estaba jugando con el martillo a ver si se rompía?…”
—¡¡Riiiinnnggg!! ¡¡Riiinngggg!!
“Vaya, si lo tenía en la mano. ¡Gracias, felpudo!”

—Oye, vecino, que ya nos habíamos dado cuenta de que habías cambiado de coche. No hacía falta que nos lo recordaras con el felpudo.
—¿Sí? ¿Os gusta mi nuevo Beetle? Era por si no os habíais enterado. Mola, ¿eh?

—Qué extraño. No contestan al timbre, pero se oyen ruidos dentro. ¿No escuchas?
—Sí, es como un ñaca, ñaca. Y como un ¡ahhh, ohhh! ¿Qué estarán haciendo?
—No sé, no sé, pero… casi que nos vamos. Tú haz caso al felpudo: no están en casa.

Y así sucesivamente. Así que… ¡cuidado con el felpudo!