Sí, ya sé lo que me vais a decir, que os veo venir. Que eso de faltarle un tornillo les pasa a muchos.

Sin ir más lejos, a vuestro jefe, a la vecina de arriba, a ese amigo friki, a ciertos políticos que yo me sé, a la moto de tu cuñado, al perro ese que no para de dar vueltas mordiéndose el rabo, al tipo raro del bar de abajo, a esa nevera que pierde agua, a algunos entrenadores de fútbol y al mundo en general.

Pero vamos a dejar tranquilos a todos esos, porque os queremos hablar de estas perchas, que se han propuesto llevar a la bancarrota a los fabricantes de tornillos.

Porque para colocarlas, si tienes puerta, ya la tienes colocada. Adiós tornillos, adiós clavos, adiós destornillador. Solo se pone y ya está. Y luego te cuelgas. Bueno; tú, no. La ropa. Las hay con formas, anchas, estrechas de colores, blancas… a tu gusto.

Y si tienes una fábrica de tornillos, no te suicides todavía: siempre puedes colocar el excedente de producción en las cabezas de los invitados de las tertulias de Telecinco.