—Pues sí, hortalizas mías; no veáis qué bien estoy desde que me he mudado —decía el tomate. —Antes vivía ahí, con los demás tomates, fíjate, todos pegados, y si te tocaba al lado alguno con moho, ni te cuento. ¡Qué pestazo! En cambio, ahora, con mi tomatera, qué bien estoy aquí dentro, siempre fresquito, que aunque me corten por la mitad no me pongo chuchurrío, ni nada…
—Oye: no es por ponerme ácido, pero hortaliza serás tú, que yo soy una fruta —contestó el limón. —Pero a mí me pasa igual. Siempre me andan cortando en rajitas para el cubata del señorito, que por cierto, ya se podía él cortar en rodajas otra cosita, para que se dé cuenta lo que es, pero en fin, a lo que iba, que antes me quedaba todo reseco hasta que parecía una pasa y al final alguien se apiadaba y tiraba mis restos mohosos a la basura… y en cambio ahora aquí dentro estoy todo fresco, mira qué espacio ¡si hasta puedo estirar los gajos! ¡Y mira qué pepitas!
—Ahhh… ¿me dejarías verte las pepitas? ¡Cómo me pongo! ¡Aquí hay tomate!
Cebollero para frigorífico—¡Huy! No sigáis, que me vais a hacer llorar —terció la cebolla. —Es que es lo que tengo, que soy de lágrima fácil. Hay quien sólo llora con Los Puentes de Madison o con las ruedas de prensa del gobierno, pero es que yo lloro hasta con la información del tiempo. Ahora imaginaos cómo lloré cuando me trajeron a esta casa nueva y pude pasar quince días encerrada, hermética, fresca y lozana como cuando era joven… ¡ay qué llorera!
—Ya… o sea que eso que se dice de “la alegría de la huerta” no va por ti…
—¿Sabes qué te digo? Que ojalá te hagan zumo, y un collar con tus pepitas…

En fin: si crees que en tu nevera no hay vida, es porque no tienes nuestros recipientes para hortalizas. Tomateras, limoneras y cebolleras para guardar herméticamente los restos y que se conserven frescos, frescos y frescos durante tiempo, tiempo y tiempo…

Y por si acaso, pon un micrófono. Nunca se sabe lo que puedes llegar a oir.