—¡Bichos: a numerarse!
¡Uno!
—¡Dos!
—¡Tres!
—¡Co-co-co-ri-cooooo!
—Vaya. Ya salió el pío pío dando la nota. ¡A ver, el siguiente!
¡Miaouuu!
—¿No te digo? ¿Cómo va uno a mantener la disciplina de la tropa, con esta fauna? A ver, bichos, escuchadme bien: ¡Somos los vigilantes de las puertas! Estamos aquí porque mantenemos a raya a las corrientes. Vivimos ojo avizor, siempre atentos, siempre dispuestos. Podemos estar inmóviles durante horas sin mover una pestaña. Nuestra divisa es: ‘puerta que se mueva, puerta que paramos p’a los restos’. Somos los sujetapuertas y noSujetapuertas felino con arena tenemos miedo a nada: ni al perro del vecino, ni al aspirador ni al aburrimiento.
—Pues yo sí le tengo miedo al perro del vecino.
—Tú a callar, gato, que me estás estropeando la épica de la arenga. A lo que iba: tenéis puertas que guardar, ruidos que acallar, corrientes que doblegar. Contestadme, bichos: ¿estáis preparados?
Pueeesss…
—¡Co-co-ri-cooo!
—¿Puedo ir al baño?
—¡Jesús, qué tropa! ¿Cómo vas a ir al baño, si no eres más que un saco de arena cosido? Además tenéis que contestar “¡Señor, sí señor!” ¿o es que no veis las pelis de marines?
Pues vale, tronco.
—Me aburro…
—¡Jesús, qué tropa…!

Os juramos por lo más sagrado que este diálogo es completamente auténtico, más o menos como un euro de madera. Aunque no debéis creer todo lo que dicen: realmente se trata de un grupo de aguerridos bichos sujetapuertas que cumplen su labor como jabatos.

Aunque a veces se aburran, los pobres. Aquí les podéis echar un vistazo.