Estampas de cocina

—¡No me ralles! —gritaba la zanahoria— Ahora que estoy depilada, con esta piel naranja tan tersa… ¡Seré una zanahoria buena! Además, soy muy insípida. ¡Por favor, que tengo zanahoritas y un conejo que mantener!

—¡Y a Rallador de cuatro ladosmí tampoco! —lloraba la cebolla— Ya sé que soy un poco lacrimógena, pero no soy yo, sino una dichosa molécula que tengo, la syn-propanotial-S-óxido. No me lo tomes a mal. Además, con lo bonita que estoy con mis capas, como el Zorro o la corteza terrestre… Ten piedad, ¡cebollicida!

—¿Y yo qué? —suplicaba el queso— ¿Es que por estar un poco duro me vais a rallar? A mí, que procedo de la leche de las mejores vacas, es decir, de unas vacas de la leche, y que estuve curándome en un sótano lóbrego, que sólo de pensarlo se me corta la fermentación… y todo eso para acabar… ¡rallado! ¿Por qué no te rallas tú el occipucio, maja?

—¡A callar todos! Y no me ralléis vosotros. Es que no habéis visto los nuevos ralladores de cocina de latiendawapa. En cuanto los veáis estaréis deseando convertiros en ralladura. Y si no os gusta, podéis cerrar los ojos. ¡Vaya! si no tenéis ojos. Tanto mejor. Fijaos: con ellos puedes rallar por los cuatro costados, rallar en colores, rallar fino, grueso, en tiras, de todas las formas posibles. ¡Ja, ja, ja! ¡Rallar! ¡Rallar! ¡Quiero rallarlo todo! ¡Quiero rallar el mundo! ¡Ja, ja, ja!

Vaya: parece que a nuestra protagonista se le ha ido un poco la pinza. Habrá que decirle que no nos ralle. Y tú, ya lo sabes: si quieres rallar en tu cocina y que no te rayen, aquí tienes los ralladores. Serás el terror de tu cocina.